sábado, 12 de mayo de 2012

Arrullo. Para el Danito.


Desde lo profundo del Universo,
unos ojos sempiternos,
cuya mirada omnividente
alcanza hasta el último confín
con su potencia relumbrante,
cobija, tiernamente
un cuadro en sepia. 

Un bebé de tres añitos,
un pequeñín,
cuya vida reciente
se precipita presurosa
sobre la existencia infinita
de los primeros años.
Lleno de colores
como un arcoiris matinal,
ilumina las vidas de sus adultos,
mundo variopinto
y desigual que se destaca
en el horizonte.

Una vida violeta,
un azul desgranado 
que tibiamente se difumina
en sonrisas y cantos;
verde verdeando su pequeña habitación,
portal interdimensional
hacia el inescudriñable mundo
de los sueños infantiles.
Cochecitos y dragones,
hombres de acción y titanes
que se vierten en lúdica batalla
cuyo resultado determina
la suerte de ser tocado
por sus suaves manos de principito terráqueo.

Juegos con su madre,
Ausencia del padre,
Sonoras sonrisas anhelantes,
Que se resquebrajan
Ante la cercanía del hombre ausente.
Entonces, los cochecitos y titanes
Pasan a un olvido ontológico
Y sus manos no son sino herramienta carnal
Del acariciar interminable y el abrazo
Que se posa sobre el cuerpo
De quien hizo el ínfimo esfuerzo de engendrar.

Sus ojitos pequeños que aprenden a mirar,
rozan la superficie brillante de aquel rostro,
una mirada que siente, una mirada carmesí
que activa grandilocuente los latidos de su corazón.
Es su padre el ausente,
Es el brazo perfecto del arrullo que precisa,
Es la voz tronante que espanta la guerra,
De sus oídos indefensos ante el fragor del mundo.
Es el sueño de sus sueños,
Es la injusta situación que le hace decir
“Estoy tiste” haciéndonos enloquecer de dolor.
Es una ausencia inhumana, cuya razón de ser
La hallamos en el impertinente lenguaje y vestir
De esta cultura nuestra
Que tanto nos gusta llamar Libertad.
Libertad e individualismo
Cuya naturaleza imponente
Avanza implacable
Acallando los sollozos de niño
No los sollozos de hambre, frío o miedo,
Sino que el llanto invisible
Que lo enfrenta tenaz y cruelmente
A la existencia, al estar vivo.

Una pequeña silueta lo rodea en la noche.
Es Dios, que acaricia sus sueños inexorables.