Esa calle. Una rústica avenida. Un rectángulo de edificios color crema con negocios.
Juegos, cigarrillos y licor. Y una avenida rústica con vehículos extranjeros, llena de ellos.
Luces de colores, las gotas de lluvia iluminadas por este espectáctulo variopinto.
Y tú en medio de todo eso.
Caminabas contándome no sé qué, en verdad escuchaba muy poco lo que me decías.
Pero te sentía tanto tanto, me olvidaba de ti recordándote.
Entonces me abrazaste, me pediste un cigarrillo más, y expulsaste una bocanada
de aromático humo verdinegro.
Me abrazaba de tu mano, cuando más grande que tu mano era el mundo,
pero ese mundo de tu mano salió alzado, como polvo mágico de hadas.
Y te contemplé tantas veces iluminada por la avenida, en medio de ese
plato del mundo, que aún tengo recuerdos erosionados de tu pelo castaño
de tus ojos empañados, de tu nariz prominente.
Y cada vez que salía el sonido de los negocios, tú eras más relumbrante.
Y con la payasa risa del gentío, te impregnabas la mirada feliz
y querías ver esto y lo otro, y me besabas prestando atención a otras cosas,
y el mundo era una maravilla a tus sentidos,
vivías el cuadro inmanente de lo arcano
desaparecías indemne en medio de la ópera impertérrita
de esa pequeña avenida, avenida de pueblo
cuya única condición que nos puso
fue mirar cada día como si fuera el último
porque conocía que nuestro destino no era estar juntos.
No es que sangren las letras por mi piel, sino que son las venas que imprimen su color escarlata..
jueves, 14 de junio de 2012
lunes, 11 de junio de 2012
Manifiesto
Hasta ahora he interpretado la vida, la he mentalizado, la he revestido del lenguaje de las palabras y de los conceptos. He idealizado la existencia y perturbado mi camino con las piedras con las que he tropezado.
Hoy decidí que eso cambiará.
¿De qué sirve la existencia, si no es para realizar esa plegaria suprema que es nuestra vida?
¿Acaso podemos mentirles mejor a otros que a nosotros mismos?
Si uno va a vivir haciendo lo que los demás te dicen que hagas, entonces la vida no valdría la pena.
En el riguroso castigo que me he sobreimpuesto por lo que no tengo mancha, borro desde hoy esta mácula que pusieron tempranamente sobre mí.
¡Una vida rimbombante y colorida! Eso quiero. No vivir en la angustia de no poder parir, en el seno de este mundo, aquella idea vesánica de lo que se me impuso como credo. Mi cruz es pesada, pero hoy la llevaré con los labios pintados.
¿Y qué si a los demás les molesta? Yo no vivo por vivir, ni por ser fruto de un amor consumado. Yo vivo porque tengo todo el derecho del mundo a vivir, pues mi vida es destinación. Soy el que tiene que ser, ¿y qué? No dejaré nunca más mi responsabilidad de ser quien quiero en los brazos dictatoriales de los demás. Y, aunque se lance el ejército entero de ángeles, los expulsaré de un soplido inmanente de afirmación existencial.
Hoy manifiesto lo que soy y lo que vivo. No me importa si un día muero, pero siempre que lo haga bajo la dignidad de haber hecho y dicho siempre lo que quise, aunque a mi prójimo eso le duela y desenmascare. Porque es imposible vivir casi treinta años escondiéndose en los recovecos de tu alcoba, de los vericuetos inescrutables de la razón, sin salir herido y desorientado.
Más yo y menos otros.
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