jueves, 14 de junio de 2012

La Avenida

Esa calle. Una rústica avenida. Un rectángulo de edificios color crema con negocios.
Juegos, cigarrillos y licor. Y una avenida rústica con vehículos extranjeros, llena de ellos.
Luces de colores, las gotas de lluvia iluminadas por este espectáctulo variopinto.
Y tú en medio de todo eso.

Caminabas contándome no sé qué, en verdad escuchaba muy poco lo que me decías.
Pero te sentía tanto tanto, me olvidaba de ti recordándote.
Entonces me abrazaste, me pediste un cigarrillo más, y expulsaste una bocanada
de aromático humo verdinegro.

Me abrazaba de tu mano, cuando más grande que tu mano era el mundo,
pero ese mundo de tu mano salió alzado, como polvo mágico de hadas.
Y te contemplé tantas veces iluminada por la avenida, en medio de ese
plato del mundo, que aún tengo recuerdos erosionados de tu pelo castaño
de tus ojos empañados, de tu nariz prominente.

Y cada vez que salía el sonido de los negocios, tú eras más relumbrante.
Y con la payasa risa del gentío, te impregnabas la mirada feliz
y querías ver esto y lo otro, y me besabas prestando atención a otras cosas,
y el mundo era una maravilla a tus sentidos,
vivías el cuadro inmanente de lo arcano
desaparecías indemne en medio de la ópera impertérrita
de esa pequeña avenida, avenida de pueblo
cuya única condición que nos puso
fue mirar cada día como si fuera el último
porque conocía que nuestro destino no era estar juntos.

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