Si muriera tan sólo en el dulce anhelo del tiempo
podría entonces quizá sentir fuerza absoluta
y embestir contra el destino mis garras ensangrentadas.
Volaría por el cielo diáfano derramando lágrimas
que se tornarían en la lluvia rotunda de la ciudad,
Santiago ensombrecido, calles lobregas y amantes relumbrando
en los recovecos de calles alicaídas, de otros tiempos,
pues las calles guardan sus historias, ellas son como
los hombres, que tienen un esplendor y luego se apagan
como una estrella eviterna estalla blanquecina.
Y me abrazarían las grisáceas nubes
y los árboles danzarían al saludo de mi paso
los pájaros volarían contra el viento
cortando su invisible y diáfana esencia.
Y quizás también estarías tú,
con tu pulcro rostro, lleno de sombras.
Estarían todos.
Todos estarían en la llama insulsa del pensamiento
del cuestionar lo metafísico, lo absoluto
embobecido el rostro de dolor,
calladas las palabras pero ardiendo las miradas.
Todos estarían pensando en el por qué.
Algunos mirarían y dirían, "allá va, viaja junto a Febo
tras las sombrías nubes"
Otros pensarían "¿dónde acaba la libertad?"
Y otros escarbarían sus recuerdos sobre mí
para fundamentar lo imposible.
Es extraña la corteza que separa nuestro templo de la existencia
resopla fuerte el viento entre los árboles, pero no es los árboles
es el viento que resopla entre los árboles callados,
es la fuerza que danza entre las cosas y las constituye
sin siquiera ser aquello que realiza.
Tú realizas, él realiza, yo realizo, es cierto,
pero nadie realiza la voluntad vesánica de un loco
que se cansó de pasear por la avenida,
de beber un café en la conversación, donde todo se halla
y al fin nada se halla.
En mi mundo recubierto de palabras prefiero callar como las olas,
que hablar sin decir, y su decir es más puro que el agua
que baja de la vertiente cordillerana donde ella habitaba.
Qué recubre los cabellos rizados de aquella que abrazo,
de sus labios delicados y candorosos, tan sedientos.
Otrora, quizás otrora, la nube lúgubre me habría acompañado,
mas abandoné todo lo que fue verdad para mí
y abracé el sinsentido como una cuestión elpídica.
Pues me he disuelto en este mundo
tantas veces como podía.
La mañana es una remota posibilidad
es tiempo futuro indefinido.
Abraza con fuerza la existencia en su patio baldío,
cuya ubérrima esencia agonizaba
llorando y abrazándose
a esos pechos tibios.
Moría y vivía, como Dios se suicida en la Creación,
pues representa el acto más grande de amor universal.
Bloque a bloque, se desangra en su mirada pasiva.
Abraza todo lo que pare y lo lanza al espacio.
Y en todo lo que hubo, estuvo todo lo que habrá
y el eterno retorno de lo mismo
rodeará cada pedazo de su carne que se transfiguró.
Yo no te amo pero quizá te amaré.
No hago promesas, pues no quieres ilusiones
y el amor es rico en ilusiones
por eso es ilusorio.
Sin embargo, sigo avanzando en ese campo de trigo
con una tibieza mediterránea,
con mi piel morena sudando la existencia.
Mírame, mi rostro sucio con tierra y despojos,
mis lágrimas se marcan como surcos en la Tierra.
Transportan ese líquido viajero, esa armonía rimbombante
es existencialismo puro, es una muestra de lo que soy
de lo que seré
y sobre todo de lo que fuí.
¿Acaso me abrazaste esta mañana de madrugada?
¿Eras tú quien me abrazaba en la soledad absoluta de mi noche negra?
Sigo siendo el mismo estúpido de siempre con una gran sonrisa en el rostro.
Sigo yendo impávido hacia el camino que me muestra la vida nuevamente.
Sigo viendo la reafirmación del absurdo en cada cosa
en cada hoja que cae zigzagueando en el espacio.
Sigo abrazando cada noche vesánicos delirios
tan ocultos y que tanto te he mostrado y que no has querido ver.
Sigo acampando todas las noches bajo una noche sureña,
sigo ocultando lo que no quiero que otros vean.
Sigo cantando viejas canciones que significan tanto,
sigo afirmando en su entonación lo que no son.
Y mientras más me esfuerzo por dar la afirmación existencial
que la vida orgullosa nos reclama,
mi vida se desaparece por doquier.
Y al fin vuelvo a amar la vida.
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