domingo, 2 de septiembre de 2012

Otra Vez

Como una hoja que cayó en otoño
cuyo certero descenso es silencio,
así caímos los dos en el abismo de la nada.
Un arroyo cantarín y desbordante
que atravesó el desierto y lo animó,
una pléyade de ancianos 
cuyas letras formaron un océano de poesía, 
eso fue nuestro amor cuando nació.
Y quizá los años pasaron muy pronto
o se hicieron muy breves
como el otoño para los amantes
o el estío para las gaviotas,
y las olas que bañaron nuestras costas,
famélicas, se marcharon a otras orillas. 

¿Cuántas noches vagué en medio de tus aromas,
de lo verde de tus palabras y tus letras?
Viajero inconcluso y penitente,
ninguna orilla bañé con mis labios
sin rozar infausto el dolor escarlata 
del corazón.
Y cada noche apareció tu rostro,
para recordarme que aún estabas ahí.

Se abalanza la ira contra el fragor de la batalla
ocultándose sinuosamente el sentimiento,
queriendo morir en un instante,
pero posee el destino indemne de Prometeo
y no hay victoria, ni esperanza, ni amor
en la desolación.
Cómo te dibujaste en lontananza, 
a través de la ventana del ocaso.
Febo penetraba oblicuamente
y caía en tu lugar, ese que dejaste,
caía en el lugar donde reposabas desnuda
la tempestad iracunda del amor. 
Ira, eso sentía, 
eso surgía,
cuando comprendía que la vida se iba y tú ausente.

Olía tu ausencia. Pero cada noche recordaba
y de algún modo aparecías 
y cinco minutos, quizá segundos,
tu silueta aparecía
vestida de luz de luna.
Entonces el mínimo germen de la esperanza
rebrotaba una y otra vez
como los árboles en primavera
y sin siquiera saber cómo, ni cuando
abrí mis ojos una mañana
y tu aroma impregnó mi habitación,
tus colores llenaron mi espectro cromático,
tu calor abrazó mi cuerpo
y comprendí que estabas aquí otra vez.