Abro mi ventana para mirar el horizonte.
Estás lejos, pero estuviste un segundo aquí a mi lado.
Faltan años para agradecerte aquello que dejaste sin hacer,
pues me proyectaron como ser humano
con mi mirada persistente en el infinito de la vida.
Como una braza ardiente, mi corazón refulgente
abraza y derrite la vida
como un magma existencial que brota de la tierra
vivo y sigo con mis ganas de vivir,
y aunque el tiempo nos aplaste implacable
prefiero ser un centelleo insignificante que una nada.
Y juegan, ¿sabes?, siguen jugando en el escenario de la vida
las mismas estrellas que tiritaron una vez en el espacio
y que trajimos desde arriba con un abrazo.
Y aunque hoy mis labios van hacia otros labios
jamás olvidaron que fuiste compañía tan diáfana como la nieve.
Y aunque todo sea imposible, todo es posible
cuando los ojos de dios se posan sobre el mundo.
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