lunes, 11 de junio de 2012

Manifiesto

Hasta ahora he interpretado la vida, la he mentalizado, la he revestido del lenguaje de las palabras y de los conceptos. He idealizado la existencia y perturbado mi camino con las piedras con las que he tropezado.

Hoy decidí que eso cambiará.

¿De qué sirve la existencia, si no es para realizar esa plegaria suprema que es nuestra vida?
¿Acaso podemos mentirles mejor a otros que a nosotros mismos?
Si uno va a vivir haciendo lo que los demás te dicen que hagas, entonces la vida no valdría la pena. 

En el riguroso castigo que me he sobreimpuesto por lo que no tengo mancha, borro desde hoy esta mácula que pusieron tempranamente sobre mí.

¡Una vida rimbombante y colorida! Eso quiero. No vivir en la angustia de no poder parir, en el seno de este mundo, aquella idea vesánica de lo que se me impuso como credo. Mi cruz es pesada, pero hoy la llevaré con los labios pintados.

¿Y qué si a los demás les molesta? Yo no vivo por vivir, ni por ser fruto de un amor consumado. Yo vivo porque tengo todo el derecho del mundo a vivir, pues mi vida es destinación. Soy el que tiene que ser, ¿y qué? No dejaré nunca más mi responsabilidad de ser quien quiero en los brazos dictatoriales de los demás. Y, aunque se lance el ejército entero de ángeles, los expulsaré de un soplido inmanente de afirmación existencial.

Hoy manifiesto lo que soy y lo que vivo. No me importa si un día muero, pero siempre que lo haga bajo la dignidad de haber hecho y dicho siempre lo que quise, aunque a mi prójimo eso le duela y desenmascare. Porque es imposible vivir casi treinta años escondiéndose en los recovecos de tu alcoba, de los vericuetos inescrutables de la razón, sin salir herido y desorientado. 

Más yo y menos otros.

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