Pesa sobre mí un rocío que enviaste, ubérrimo ser celestial,
desde la primavera inerte cuya sombra es luz.
Luciérnaga de crepúsculo, sepultura desvencijada,
éter flamígero en fluencia absoluta a través de la nada.
Efluvios que trastruecan en un amanecer indemne
de corolas arco iris, sombras vegetales
y cestas cubiertas de pétalos límpidos de rojo pasión.
Desnudez trashumante, eso eres, recostada sobre mi cama
tus senos exuberantes colman el espacio y lo poseen
como nos poseímos, apasionadamente, al filo del alba.
Viento elemental, cuyos aromas constituyen
barcarolas olvidadas, un devaneo sempiterno
cuya eviternia se materializó delicadamente
en un beso agonizante que se recobró de fenecer.
Ese fruto que escondes, vorágine a tajo abierto,
tolvanera desértica cuya fuerza me lleva a
páramos olvidados en el jardín de la memoria.
¿Cómo no sentirte poderosa, voluptuosa amazona encendida,
si te dejas amar con tanta pasión,
encendiendo tímidamente la pira exánime
del amor dormido?
En un sólo sonido te transfiguras,
en el son cálido de un beso ardoroso.
Y maravillas las mañanas con tu solemne relumbrancia,
la calidad de tu piel, la sonoridad de tus recovecos,
la música altisonante de pasadizos vericuetos en tu cuerpo.
Mujer inmensa, cuando caemos como bestias prehistóricas
tendidos en la cama luego de habernos amado vesánicos.
La única sílaba que pronuncio, tras el gemido entrecortado
del clímax corporal...
es...
¡Vesania!, ¡No me la ocultes nunca más!
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