Quizá un día, quizá tan solo un día
cabalguen tras nosotros mis alientos
se haga de noche desde el amanecer
y los claveles caigan a raudos por la ventana.
Quizá un día, quizá una noche tan lejana,
un arrebato de viento ensombrecido
cubra las hojas de todas tus vertientes
con el oscuro manto de mis besos.
Sí, lo admito, será un día y uno tan solo
en que me desnude de la piel y mis entrañas,
en que goce oculto el romance escarnecido
que llevo en mi alma como la soga el ahorcado.
Una mañana cualquiera, cuando la noche se avecine
cruzaré la ciudad fuera del tiempo
como flotando un fantasma en el desierto
y un beso llevaré a tus labios tan inmensos.
Una cabellera portaré como estandarte,
construida de todos tus otoños.
Volaré como la libélula matutina,
flotaré sin alma por la Tierra.
Ahí estaré, ahí estarás, cualquier día.
Hollarás el piso de mi tumba
cubrirás con lágrimas la cruz, mi sinonimia
y llorarás, como un día cualquiera, llorarás.
¿Me oyes? La noche transfigurada me hace hablarte,
me hace importunarte con noctámbulos quejidos.
Una estrella es mi única ampolleta
es la clara conjunción de mi tristeza.
Heme aquí, estoy desnudo y mortuorio,
soy antónimo y antípoda de tus mies,
soy el acorralado desesperado
iluminado por tus ojos pletóricos de vida.
Soy la fatamorgana más funesta,
el oprobio que ocultan las noches solitarias
de tantos amantes lánguidos de pena
tras la lejanía insulsa de su amada.
Óyeme detrás de las ventanas,
ausculta mi féretro vetusto,
ampárame los llantos tan callados,
auxiliame en el campo de lo eterno.
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