sábado, 12 de enero de 2013

Déjame

Yo, pequeña criatura melancólica y soñadora,
paseante de caminos y recovecos ya encontrados,
buscador incesante del sentido en el sinsentido,
elemental fuerza ígnea,
forzosamente condenado a la vida.

A través del umbral que apaga la vida,
penetro en tu muerte.
Y es tan bella la canción final de una despedida,
y resuena y resuena en mi cabeza
tu nombre
como mil campanas que son fragor del mundo.

¡Escápate conmigo!
¡Miremos juntos el ocaso violeta!
Seamos oscuridad en el mundo lamentable,
mariposa en la abigarrada muchedumbre,
caracol de mar, belleza fina e infinita.
Bebamos el licor en todas las copas
y hay que soltarlas todas juntas
que se estrellen con el suelo y lo tiñan de pedazos.
Vivamos el amor como un delirio
estrechemos el devaneo contra el viento
a ver si de pronto se escapan sus lágrimas azules
y se tornen violáceas.
Déjame sangrar por todas mis heridas.

¡Escápate al horizonte en tu vuelo sucinto y tan discreto!
¡Opaca todas mis naves, quémalas para que no regrese
al infernal castillo oscuro que llamo casa!
¡Déjame morir en tu regazo
con el veneno dulce de tus besos!
Y, de ese modo, oscurecer el tiempo
en un miasmático suspiro.
¡Déjame, por favor yo te lo ruego,
déjame penetrar tus carnes aún tibias
en frenética descarga ponzoñosa!.

¡Déjame morir en paz por la concha de su madre!

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