martes, 12 de febrero de 2008

Desde el umbral

En tu umbral, desesperado, buscando la llave que me conduzca a la gloria de los días felices.
Me siento terriblemente desahuciado, pero tú quieres verme sonreir.
La soledad penetra por mis venas y envenena con infausta ponzoña cada gota de sangre que fluye a través de ellas.
Lo más insoportable es saber que estoy equivocado, mas cuán gracioso es sentir el horror atormentado en el umbral de la muerte, justo en frente de ella, como deseándola, saboréandola sin haberla aún vivido -o muerto. "Espero, después de haber expresado en esta tierra todo lo que aguardaba de mí, satisfecho, morir completamente desesperado" y el sueño, o la pesadilla que tozudamente me despierta cuando te alejas de mí por voluntad de terceros, se desprende, laminada, y se me pega a la frente como amuleto oriental. Así, fúnebre en mis lobregos aposentos, rebosantes de tinieblas relumbrantes, nacen y se configuran mis deseos de fenecer.

Segundos de pasión mezclada con adormecimiento se mutan para originar al más terrible de nuestros fantasmas: la Separatividad. Te haces una y te sumerges en tus cavilaciones, en el lado que te toca de sombra, mientras yo me frio en el sartén de la desesperación, mi lado en llamas, cubierto de hojas de papel con líneas escritas en diversos idiomas, todas terribles, todas llenas de gemidos. Nuestros corazones se agrietan y sangran abundantemente, mientras la muerte penetra sigilosa por nuestras venas y bebe el impío elixir carmesí, que es su sabia, para esconderse, finalmente, en nuestra voluntad -en la mía. Furiosamente te desligas de la rabia y refrenas mi auto-mutilación. Entonces me salvas, me seduces con voz dulce y me entregas tus senos desnudos para que me hunda nuevamente en ellos, buscando protección. Vuelvo a ser un imberbe, me torno un lactante, me disfrazo de niño.

Y así nuevamente, con mis ojos hinchados y los tuyos arrepentidos, volvemos a llamarnos amantes... estás libre de toda culpa, estoy libre de todo perdón...

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