Espurio y vertiginoso a nuestros sentidos fluye la sensación de aniquilación inmanente al ser humano, tan intrínseco como su afán por conseguir vivir sub specie aeternitatis. Sufrimos constantemente el azote infausto de la condena que pesa sobre nuestros cuerpos viciados por el sufrimiento y la desolación, causa de la vida que vivimos opacada por la confusión.
¿Ves aquella ventana? Es un portal místico hacia lo desconocido, es el primer paso al sendero virgen del amor. Las infortunadas secuelas de antaño se sellarán definitivamente cuando te bese nocturno, lleno de lujuria, sediento de tus besos, transportando en cada gota de sudor las semillas invisibles del amor, derramándolas en tu cuerpo desnudo, aquella silueta divina que me transporta a la Eternidad, y las tuyas que vienen a mí a través de tus bálsamos etéreos emanados por tus poros y que penetran por los míos y rejuvenecen mi desnudez, mis ojos, mis labios, mis palabras... ¡Bendita tú que juegas con el Tiempo a tu antojo sin hacerme comprender cómo lo haces!
Ya amanece y tus cabellos reposan sobre la almohada. Tu cuerpo, hierático, parece fenecido y una etérea palidez se apodera de él. Observo cuidadosamente cada detalle y me asombro por la perfección de tu figura, por la belleza de tus formas, por el aroma de tus efluvios. Una ráfaga de viento entra súbitamente por la ventana de nuestra existencia y nos hace temblar de frío, nos abrazamos y esperamos juntos que haga su eterna aparición el Gran Astro. Rayos de luz penetran tenuemente las ventanas y se unen a nuestro brillo interior. Por fin somos eternos.
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