miércoles, 9 de abril de 2008

Oda a Tí

Tus ojos

Tus ojos son como dos cristalinas huellas del informe camino de mi locura por tu amor,
son el reflejo de tus sentimientos pregonando el límite oscuro de tus pasiones.
Aquellas diáfanas gotas de miel mezcladas con fantasía, purísimas ventanas a lo infinito,
despiertan mi ilusión de amarte por la eternidad y más allá de ella, rebrotan mi esperanza.
¿Cuán extenso es el horizonte insondable de su magia celestial que se difumina por mi ser?
¿Cuál el límite de mi agonía por poseerte en la sabia armonía de un amor preestablecido?
La poderosa influencia de tus miradas furtivas, que las noto en la ambiguedad del vacío,
llenan mi corazón del más tibio y a la vez acalorado sentimiento enardecido del amor.

Como dos mariposas volando por el jardín se posan en mi ser en la noctámbula desolación
de nuestros cuerpos en resposo en un lecho silencioso propio del después.
Hallan su descanzo en mis toscas formas, en mi patética existencia y se preguntan,
como un mar de cuestionamientos enarbolados a un fin etereo y místico.
Nada pueden responderse, mi dulzura, pues es inefable la respuesta de mi ser,
aunque en tu cuerpo me regocije contestándote con caricias y besos dorados
las preguntas más esotéricas de mi existencia, las sin solución alguna
esas que descollan por sobre las comunes, esas que abrirían mi ser para tí.

Como una noche estrellada contemplo en ellos, tus ojos maravillosos, tu lozanía,
el inextricable problema del ¿me amas?, la impenetrable duda del ¿estás conmigo?,
el inhallable destino de un ser mutilado por la agonía de la espera en ascuas.
La loza de tus límpidas pupilas reflejándose en las mías, asperas y agrietadas,
me ciega como el Sol de mediodía al viajero del desierto, me cansa como a él le hacen,
esos rayos relumbrantes de la fulminación divinamente ígnea,
pues la maravilla de lo perfecto lo descubrí vagamente, luego realmente,
cuando contemplé por primera vez tus ojos y caí profundamente enamorado en ellos.

Tu voz

Una vez oí una voz de gran volumen que cautivó mi atención por completo
y me sumergió en la cavilación constante de la experiencia del otro.
Era tu voz difuminándose por el vacío, como cantándome secretamente.
No sabía, en principio, si los efluvios divinos que oía se dirigían intencionalmente a mí,
así que hice un gran esfuerzo por comprobarlo como pude, sin éxito al principio,
ya que soy un ente disociado de la naturaleza social de este mundo y me ensordicé.
Cautelosamente miré tu rostro, me fijé especialmente en tus labios hermosamente dibujados
e intuí felizmente que tus palabras se dirigían a mí como una armonía perfecta.

En este estado delirante que describo, pues oirte no me fue nada fácil,
sobre todo por la forma poética como resonaban en mi cabeza y me aturdían,
fuí presa de un éxtasis tan hermoso, ¡oh, mi amada doncella!, que caí rendido a tus pies.
Así, enardecido por dentro y por fuera, presencié por primera vez, una de muchas,
la obertura de la más maravillosa sinfonía sublime que mis oídos gozaran.
Si supieras cómo tu voz me electriza por entero, si sonaran en tus oídos mis latidos
cada vez más intensos, comprobarías que me tienes por completo enamorado
y que, si de mí dependiera, no oiría más que tu voz hermosa en mis sentidos.

Es la osadía de mi ser por poseerte el escucharte sin hablarte y nada más gorzarte,
desaparecerme por un momento y tocar el cielo con las melodías de tu voz,
ser aspirante a músico y con toscos instrumentos intentar recrear la maravilla de tus palabras,
que me desvelan en noches alocadas cuando necesito que me hables y me digas que me amas.
¿Es que acaso tu voz es cual la trompeta del ángel que anuncia el fin del sufrimiento?
¿Puede ser que quizá halla Dios enviadome a buscar para disfrutar del cielo en tus encantos,
del rocío refrescante de tus palabras al oído que me estremecen y me hacen flaquear las piernas?
¿Es que acaso la música más sacrosanta halla bajado a la tierra encarnada en tus vocales?

Tu cuerpo (y la agonía del deseo)

Desde aquel portal dimensional entre la realidad y la utopía, desnuda, me vienes a buscar.
¡Dios me salve de no enloquecer al contemplar tu cuerpo a la luz de una vela mimada,
bajo la bóveda nocturna del silencio extraterrestre y pueda yo vislumbrarte siquiera!
Es que me parece tan maravillosa obra de la naturaleza tu cuerpo inefable y relumbrante.
Como olas submarinas, tenues y amorosas, tu cuerpo se une al mío y se hace posible
la experiencia religiosa de intuirte con mis sentidos abobados ante el calor de tu piel,
la gallardía de tus células chocando contra las mías en la eterna conflagración de los cuerpos
en la máxima demostración de amor que nos legó la sabia Naturaleza, la Madre Tierra.

Como un éxtasis resplandeciente se apodera de mí la pasión carnal de poseerte para siempre,
sub specie aeternitatis, como siempre digo vive el hombre, pues nada somos y nada seremos
ante la agonía insalvable del existir deseándonos sin saciedad, hasta el día del Adios Perpetuo.
Una y otra vez me hundo profundamente en tu ser encarnizado, en tu realidad objetiva,
en la maravilla de las formas, en la atemporalidad de ellas, aunque tan momentáneas sean.
He buscado el refugio del amor por vastedades que no comprenderías, las he buscado de noche.
Sin embargo no había terminado de buscar, cuando te saliste de la lontananza y apareciste,
te percibí gloriosa frente a la irrealidad e hicimos el amor como jamás lo habíamos vivido.

Tu cuerpo es el resumen de mis años de pellejerías, de caminante errático, cual Eterno Judío,
que jamás halló su tierra y condenado estaba a no hallarla jamás.
No obstante, el destino irreversible tenía otro derrotero para mí, el que nunca había tomado,
ese que me hizo encontrarme contigo aquella tarde de valentía y primeras veces.
Busqué un rayo que me iluminara el camino oscuro que recorría, además de escabroso,
y sin quererlo hallé una bóveda cubierta de riquezas salomónicas, tremendamente impresionantes
y ese gran tesoro lleno de fantasía y delirio, que me ha hecho decidir siempre habitar,
eres tú, con todo tu ser, es tu cuerpo encantado y colmado de sabores divinos.

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