miércoles, 21 de noviembre de 2012

A la niñez y a la madre

¡Oh, niñez! ¿Cómo te has ido?
Cuando abro los ojos,
despierta el niño que fui.
No busqué jamás sino la risa paterna,
el consuelo materno,
la protección, la consideración,
busqué más allá de las medidas
y me dí de bruces con la vida.

¿Cuán lejos se establece la torpeza?
Cuando un mar de lágrimas no valen
la cobertura imprecisa de una niebla,
que todo lo moja, pero que nada posee,
reposo, en el lecho matutino.
Cómo poseí lo que era libre,
como el viento que acaricia
mi rostro cubierto de lágrimas, perdido.

Un viento huracanado sopla por el mundo
y el naufragio del hombre es inminente.
Rasga su vida, lentamente,
un zarpazo furibundo
que acaba, simplemente,
con el horizonte profundo sideral.

¿Es que acaso yo me he perdido.
los ojos cerrados ante el ocaso?
¿Es que ya me perdí para siempre,
que se quebró el delicado hilo que
me unía al mancebo que fui?
Quizá una mañana vuelva de soslayo
y dibuje su sombra, y yo de espalda,
lo vea deambular como fantasma.
Quizá mañana vuelvan a sonar en mis gemidos,
en los pueriles márgenes de la vida grandiosa,
o quizá suene la muerte,
con su canción misteriosa.

¿Puede una gota cálida del rostro de una madre,
revivir al soldado muerto en una guerra?
¿Podrá alguna vez vestir de virgen
la paralela austral de la vida de todo hombre?
¿Es posible hallar vida en otro planeta
de la mano del recuerdo callejero
que me traen mis días de niño,
días calurosos y terrestres,
donde el polvo era atmósfera y armonía
y el trompo bailaba sin cesar y taladraba
sobre el espacio donde el padre estacionaba?

Quizá la gota no resuelva nada,
pero el recuerdo de la tempestad que desataba
en mi corazón de niño cuando sufrir la veía,
quedará como la más grande hazaña,
de vida, no literaria,
donde el caballero armado
asesina al dragón
y, palaciegamente, se va con su madre camino del ocaso.

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