Estaba siempre yo ahí
esperándote, esperando
y tú no te mostrabas
porque no me esperabas a mí.
Entonces, divagué,
pensé tantas cosas,
refresqué mi alma
de mil formas
de mil formas.
Pero tú no estabas ahí,
tú no estabas.
Andabas de viaje
en tu soledad.
Una vez la Luna salió
y mi noche iluminó
mientras posado en mi escritorio
te recordaba,
te recordaba.
Tenía tantas ganas de abrazarte
pero no me atrevía,
no me atrevía
pues no quería molestarte,
no quería.
Y tantas noches se fueron así,
ahogándose en el tiempo mis ansias
y de pronto comencé a enfermar
porque mi medicina eras tú.
Quizá ahora estoy muerto
y tú vives,
y tú vives.
Porque un hombre jamás reposa
hasta que el veneno se acaba.
Tanta sangré se fue
por torrentes,
por un río,
por atardeceres escarlata,
por las blancas planicies
cordilleranas.
Tanta sangre se fue,
porque mi corazón no dejó de latir
frenético, locomotor,
desde que de ti me enamoré...
No hay comentarios:
Publicar un comentario