domingo, 9 de diciembre de 2012

Fenestra

Te vi flotar en el viento absoluto en mi ventana,
como lo hacen las hojas en otoño,
como los sueños de un niño en el verano.
Renaciste en mi mente y en mi cuerpo,
te plantaste de lleno en la existencia,
interpretaste una música callada
cuyas notas sonaron sólo en mis oídos.
Bañaste rebosante una playa en el olvido,
reapareció la noble llamarada en nuestro Sino,
operaste desde lejos, hiciste maromas en el limbo,
cosechaste un mar de rosas
y sus olas acariciaron mis cabellos.

¿Dónde estabas?
¿Dónde fue tu estacia tan incierta?
¿Construiste, acaso, una mansión
en el terruño corpuscular de un beso,
mientras el viento soplaba su música
divina
como un pasaje oculto en la mirada
más intrépida de tus acaramelados ojos?
¿O te fuiste sin vela a un mar lejano
donde ya no te alcanzaban ni mis llantos?

Surgiste una naturaleza muerta,
de un retrato silencioso y empolvado
y tantas tardes oré tu nombre
que Dios me pidió que me callase.
Corrí por océanos solitarios,
refundé tantas ciudades holocaustas
donde la pila de recuerdos más ardía
en las oscuras sinagogas relumbrantes.
Sembré las estrellas con ideas,
bañé mis pies en cósmicas orillas,
atravesé el espacio en un zumbido
con un garbo que alegró la luz del Sol.

Y... ¡reapareciste!
Te vestiste de gracia con palabras.
Desnudaste tu cintura danzando en el espacio,
nos trajiste el vino y lo libaste
y lo ofreciste a mis agotados ojos elegíacos.
Me besaste de noche tan desnuda
que tu brillo oscureció todos los objetos
y tu cariño
y tu paz
y tu amor
volvieron como vuelve la Tierra sobre su eje,
uniste nuestras almas,
en una rapsódica melodía sempiterna..


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