martes, 29 de agosto de 2017

Ser en el tiempo

¿Es el mundo un lugar mejor que cuando éramos niños? Quizá esa pregunta se resuma en una sola cosa: la conciencia del tiempo. Soy la suma de todas las experiencias que me constituyen y ellas motivan lo que soy y seré. Porque nada se hace desde la nada (excepto, por la fuerza misteriosa de Dios... a todo esto, ¿dónde está dios?) Ayer fuimos y hoy recordamos: la melancolía es una disposición que nos coloca ante el no-ser. Nosotros fuimos físicamente niños, pero también nuestro amor fue niño alguna vez, cuando ignoraba todo y gozaba de todo, cuando se resumía en un ir y venir de emociones, de posibilidades remotas cumplidas y no cumplidas, de noches de pensar(nos) en la ambigüedad de la existencia, dirimiento entre jugar o no jugar. Cuando era niño buscaba todo lo que no tuviera jamás una respuesta, era mi forma de anticiparme a lo que sería después como hombre. Cuando te encontré, supe de inmediato que contigo no venía ninguna respuesta: era la entrega más pura hacia lo desconocido, hacia lo que no tiene seguridades. Pues, ¿puede el hombre vivir de ellas? Hoy te amo, en medio de la amenaza nuclear, te amo. En medio de la decadencia de nuestra civilización, te amo. Ante el oprobio de todo lo que alguna vez fue grande o digno, te amo. ¿Ha sido el amor del hombre algo distinto en alguna época distinta? Espero que sí, porque me desespera concebir que ninguna época haya gozado del esplendor que he aprendido a odiar, de la seguridad que nos han inculcado apartar, del sentimiento trágico de la vida que anida en toda el alma de nuestro pueblo ensangrentado.

No hay comentarios: