Las horas habían comenzado a apurar su inconstante marcha y nos preparábamos para partir. El Sol se levantaba solemne, vetusto y aciago y nuestras manos se entrelazaban nuevamente. ¿Recuerdas el aroma de esas rosas que se asomaban cautelozas por entre las rejas de aquella casa? Entumidos por un gélido viento nos abrazamos. Fue entonces cuando miré tu rostro y penetré en tus ojos transportándome a etéreo viaje.
Qué lozanía más maravillosa refulguraban ellos.
Qué pureza en tu delicada piel, qué cálida se sentía al tacto.
Qué maravilloso elixir el sabor de tus besos, de tu boca encendida en manceba pasión.
Qué maravilloso penetrar hasta el fondo de tus pensamientos, contemplarlos como quien contempla una sala de arte, deslumbrarme por tus sentimientos hacia mí.
Si la felicidad se puede resumir a unas cuantas palabras de un mal poeta, quisiera que las leyeras expresadas en mis impresiones de aquel momento. Pues cuando la luz de la realidad se apaga dando paso a la nocturna excitación de los sentidos, el romántico viaje emprendido en tu ser rebosante de relumbrancia me despierta al más etéreo delirio eudaimónico.
Aquella tarde reías grandemente de mis torpezas y ocurrencias y fuí feliz al verte feliz. Acariciaba tu rostro y tomaba de tu mano, te observaba caminando como perdida en tus pensamientos y sueños. Lo más valioso de lo nuestro, es la forma. Siempre las formas son lo bello, quizá por eso alguien dijo que una buena definición de belleza era "La perfección de las formas". Aunque, si me lo permite mi ignorancia, y en base a lo que he escrito, me quedo con la de Schelling: "La belleza es la eternidad reflejada en lo finito". ¿Cómo no atribuirle genialidad a sus palabras, si los momentos más hermosos de mi vida los llevo en la mente como inmortalizados? Y qué mayor placer haberlos vivido a tu lado. Eres lo mejor de mi vida...
Al atardecer, abordamos "la amarilla" y nos perdimos entre los hombres. El ocaso era inminente...
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