Cielos diáfanos conforman la bóveda celeste,
árboles vivientes con hojas moviéndose al compás del viento,
una tenue brisa acaricia nuestros rostros y danzan tus cabellos,
nuestras manos unidas por la filiación amorosa
y, sonrientes, nuestros ojos contemplándose mutuamente.
Los senderos se manifiestan ahí, deseosos de ser recorridos,
y calladamente nuestros pasos se tornan infinitos
mientras danzan las voces con que acariciamos nuestros oídos
y de paso nos seducimos y arrullamos con palabras decorosas,
en la tarde otoñal del nacimiento del Amor.
Sonrisas y abrazos acalorados inundan mi recuerdo
de los días cuando el sueño se concretizó, se hizo realidad,
ese que gobernaba nuestras noches y anhelabamos en vigilia.
El aroma de tus cabellos, el calor de tus besos
y esas tibias miradas que se tornaron en fuego.
Ahora que estás ahí, frente al umbral de lo eterno,
te das vuelta y contemplas lo que has construído día a día
y, satisfecha, te paras orgullosa
como yo lo hago mil veces cuando, con emoción,
recuerdo aquel primer día: el paradigma de nuestros días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario