Te volví a ver, entonces mis sueños soterrados reflotaron, como una burbuja que emerge de la profundidad del mar. Estabas ahí, mirándome con tus ojos de miel, con interrogación y con nerviosismo. ¿Quién sabía cómo reaccionarían nuestros corazones ante una cercanía tal? Encerrado en mí mismo te busqué, una apertura que me hizo soñar.
Colores, sobre todo verdes colores, me sobrecogieron y aún son parte de mi sentir. Césped, árboles vetustos y la brisa, ese soplar tenue que acariciaba tus cabellos y llegaba a mí, con el aroma de tu piel. Sabías cuánto amaba el aroma de tu piel, lo sabías porque escribí miles de cosas que conoces y, también, que desconoces, pues siempre guardo algo de lo que tengo.
La confusión no puede más que el amor, que el cariño y la cercanía, la necesidad eterna del ser humano por reconciliarse, por hallarse con el otro, por regocijarse en ese encuentro, que quiso terminar seguramente en el amor, de tus besos y nuestra piel, de mi sudor y tus efluvios de mujer, de tanta carne y deseo, y tantas ganas de perpetuarnos en un sentir sempiterno.
Los carruajes descollaron deslumbrando el atardecer, traían consigo riquezas del oriente. Un porvenir risueño se dibujó en el horizonte, cuando nuestras bocas sedientas una de la otra se fusionaron en la cúspide de un ósculo callado, lleno de sentimiento y de razón, aquella conexión tan arcana, tan osada y tan contradictoria, esa misma que enloqueció al mismo Unamuno...
La brisa te trajo de vuelta, el cantar de los cantares resuena en mi corazón... Por fin eres mía otra vez...
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