domingo, 28 de agosto de 2011

Variaciones y un final.

Tus alas dejan un halo mágico de vacío y sinrazón.
Se perdió tu mirada aciaga en la desazón,
desazón de vivir muriendo por un día perfecto,
de flores y tierra húmeda, de ocaso y renacimiento.

Tu voz flautista, atrayéndome.
La miel llamando a sus trabajadores, mis manos
relumbrando hacia tus mies.
Y luego, luego la nada, o quizás el amor y la nada.

Te poseo como poseo las estrellas, te poseo lejana;
un pocillo de greda carcomida por el tiempo,
un cántaro de agua putrefacta,
una lámpara mojada de lágrimas celestiales.
Un libro abierto sin palabras,
melodía infausta condenada al olvido.
Una ventana abierta al mundo gris invernal,
una nube grisácea de colores pálidos.
Esperanza descarnada, descarrilada en la pesadilla
del mundo. Y Fausto con Mephistopheles caminando
bajo la noche de Walpurgis.

Llanto contenido, brotas como una gaviota hacia altamar.
Vas tan lejos que ni Dios puede seguirte,
con su impertérrita mirada absoluta.
Viajas lejos, como el amor viaja a través del tiempo detenido.

Te detienes en una corniza de catedral, contemplas hacia abajo,
Raskolnikov, Sinclaire y Gregorio caminan por esas calles
húmedas y malolientes de una Europa sombría.
Son tus habitantes, como los que habitan la morgue infausta de un orfanato.

Se enciende una llama, ¿quién es el que atraviesa ese sórdido pasillo?
¿No es que vienes otra vez, ruina sempiterna?
¿No ves que estoy cansado, pálido reflejo de otros tiempos?
¿No ves que esta soga que sostengo es el único destello de eternidad?

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