Lo vieron caminando una tarde de septiembre,
una tarde ardiente, caminando desolado.
Caminaba con tristeza, cabizbajo, guardando
en su corazón un rostro que ya no existe.
Llevaba en sus manos una pequeña bolsa de género,
dentro, un mar de bendiciones para el olvido.
Con la mirada dilatada, veía como los árboles
florecían, se renovaban, y él no florecía.
El viejo pueblo era su antro, un cuchitril desordenado
dentro del universo del mundo.
Vio las rosas y los girasoles, recordó la mocedad
y se perdió por las calles polvorientas.
Esa tarde, vieja tarde del santo septiembre,
contempló impertérrito los fantasmas de la patria,
estatuas de mármol cagadas por las palomas,
ese yeso volador que fecunda la inmortalidad.
Esa tarde lloró sin lágrimas, su corazón se enturbió
se lanzó a la vida tras un sueño acabado,
un sueño infecundo, nonato.
Y buscó en la reverberación de los tejados el sol de esa tarde.
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