domingo, 1 de mayo de 2011

Ad kalendas græcas

Oscuridad, tinieblas me sobrecogen, y la abominable noche me abate por completo. Vacía y desaliñada, la vida me parece cada vez más obvia. El camino se yerra cuando se pierde el desideratum, cuando el leimotiv de la vida fenece. Las paredes de este cuerpo me recluyen sin descanso, me sumen en la desesperación de mi imposibilidad por vivir en sociedad. Yo me alejo del mundo, de las personas, no porque me haya aburrido de los hombres -como Zarathustra-, sino porque ellos se aburrieron de mí: la sociedad repele al ser que no cae dentro de las categorías que ella misma crea y estandariza, por la fealdad que Dios nos puede otorgar al momento de nacer.

Desesperado, serpenteo el camino del bosque, me dirijo no sé a donde, no me detengo hasta que me detiene el corazón. Porque, si bien la crueldad humana recae sobre la piel, mas no cae sobre el espíritu, el corazón, no mata el amor que la bestia puede sentir por su amo, ni la pasión del repelente hacia las doncellas bellísimas. El corazón aún late como una masa rojiza que bombea litros de líquido que me mantienen con vida, ese mismo líquido que debiera haber vertido hace ya mucho tiempo. ¿Qué es aquello que se mueve entre los matorrales? Un ser vivo se me acerca, pero no identifico su especie. Me mira como si me comprendiera.

Su forma mundana me oculta su divinidad, ¿es que acaso Dios puede hacerse a sí mismo tan feo? Una horrible criatura se acerca hacia mí. Aunque su forma aterre, pareciera moverse hacia mí motivado por el amor. El amor también surge desde la fealdad, desde la deforme condición de algunos cuyas vidas la sociedad apaga día a día. Se acerca y a cada paso que da mi corazón late más fuerte. Es que Dios me hizo a su imagen y semejanza, ese ser horrendo que me surge de la nada es Dios, mi creador que mediante tantas señales me mostró su existencia. Sobrecogido por la emoción, lo abrazo, lo escucho y me dice: "Tu existencia, Consumatum est"

Dejo la vida para siempre...

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