Solo, caminando solo, contemplando en la soledad el firmamento. Voy hacia la nada, hacia el vacío, hacia el caos de la indeterminación, el desorden que habita toda época de cambio, de deicidio, de asesinato del sentido. He pagado en llanto, mis errores y desventuras, y ahora quizá debería sumergirme completamente en el vacío, hacia la desolación que carcome el alma. Camino, en la soledad del abismo, hacia su insondable profundidad, llevando conmigo su retrato, la particular forma de su ser, su imagen divinizada por mi espíritu abandonado.
Desciendo, dejo la tierra. Con remordimiento, abandono por fin la luz. Si la vida no significara tanto para mí habría seguido en esa desolación profunda, en ese cuerpo inerte, fúnebre, que habité por tantos años. No. Necesito revivir y, para eso, me sumerjo. Vivo mi ocaso, me sobrecojo de dolor, mis corazón palpita, mis venas se hinchan, comienza, ¿esto, esto es? Mis ojos se compungen, brota de ellos un líquido que se confunde con el rojo de la sangre. Sangre y lágrimas de una noche arcana. La noche olvidada en que un ser que quiso ser maravilloso para alguien, que incluso casi lo logró, desaparece en el suicidio del corazón.

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